Vamos a Santa Clara (Cuba) con el digitaldecanarias.net
Cuando salí de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón
Juan Santana / Arona
Esta es la segunda parte del viaje a Cuba que estuvo cargado de experiencias interesantes y por si no has leído la primera parte, puedes entrar primero en éste enlace https://eldigitaldecanarias.net/sociedad/vamos-a-cuba-con-eldigitaldecanarias-net y así espero que disfrutes más completamente…
Cuando llegamos a Santa Clara Pedro Gaspar, el moreno y yo, encontramos la casa de Conchita, profesora de inglés que vivía en Santa Clara con su madre y dos hijos. Cuando conchita nos mira nos dijo sin anestesia, "Pasen todos, el negro no" y ésto para mí fue tan impactante y han pasado veinte años desde el 2.006, aunque parece que fue ayer y es imposible olvidar éste momento histórico que obviamente es muy triste, pero así mismo fue y así lo cuento.
Tuvimos que buscarle una pensión al pobre moreno y darle dinero para que volviera al día siguiente a la Habana en guagua que son doscientos cincuenta kilómetros. Estaba haciéndose la noche de éste primer día en Santa Clara y cuando estábamos dentro de la casa de Conchita, fuimos testigos de cómo les dan el pan por la ventana y firman una cartilla.
La madre de Conchita, se llama igual y llevaba más de cuarenta años llorando desde que el régimen de Fidel Castro les quitó el segundo piso para entregárselo a una familia desconocida por la puta cara, algo que estamos oliendo que pasará en España dentro de poco tiempo con el régimen socialista de Pedro Sánchez.
Le dije a Javier un hijo de Conchita de diecisiete años si podíamos ir a comprar algo de comida antes de que cierren los supermercados y cuando íbamos caminando por el Boulevard le pregunté a Javier el hijo de Conchita, ¿Que puedo regalar a tu madre por dejarnos quedar en vuestra casa durante tres días?.... Y Javier respondió, "Un cubo"... Le pregunté flipando, ¿Un cubo, un balde?. Javier dice, es que solo tenemos un cubo y está podrido…
Su madre es profesora de filología inglesa y cobra veinticinco euros al mes. Pues primeramente nos fuimos a una Ferretería y compré dos cubos, después nos fuimos a un supermercado y llenamos los cubos de latas de embutidos, pero pusimos en el fondo un puñado de dinero y cuando llegamos a la casa de Conchita, le pedí que pusiera todas las latas de embutidos en la mesa y fuera mirándolas despacio para comprobar si estaban caducadas, pero la intención era ver la cara de Conchita la profesora cuando viera el manojo de billetes en el fondo del cubo y casi cae desmayada cuando encontró los manojos de cincuenta euros en cada cubo sin entrar en detalles de cuántos billetes habían.
Al día siguiente nos fuimos a alquilar un coche en una oficina de rent a car que estaba en el tercer piso del hospital de Santa Clara, algo anecdótico y con el coche nos fuimos hasta la playa de Varadero, pero gran parte estaba abandonada, una playa de lujo. Por la tarde volvemos a Santa Clara y estuvimos en el museo del Che Guevara y por la noche del sábado a una verbena con un grupo musical muy bueno.
El domingo por la tarde decidimos coger número en la estación de guaguas para irnos a la Habana el lunes por la mañana y tuvimos que contratar un taxi parecido a una diligencia del western con caballos y nos dieron el número ciento sesenta para las doce del día siguiente lunes. El mejor arroz blanco con sabor a carne de toda mi vida lo comí en casa de Conchita.
El lunes nos vamos a la estación de guaguas desde las once y media porque la guagua salía a las doce, pero cuando son las doce y media fuí a la ventanilla de los tickets de guagua para preguntar al vendedor cuando saldría la guagua y respondió ésto exactamente,
"El chófer está cansado y la guagua saldrá a las ocho de la tarde" y parecía que estaba diciéndonos, que si no te gusta, te jodes. Pero automáticamente apareció un joven taxista con un coche normal para ofrecernos llevarnos hasta la Habana por veinte euros porque era chófer de un capataz agrícola y veinte euros por doscientas cincuenta kilómetros es como dar la vuelta a la isla de Gran Canaria. Pues le dijimos, "Te daremos cien euros y vas parando dónde te digamos para descansar y tomarnos algo que también les invitamos".
El conductor flipando y obviamente aceptó muy feliz. En las charlas con el capataz recuerdo que confesaba que le daba vergüenza la situación y le respondí que cada país tiene sus diferentes formas de vivir, pero es que Cuba estaba en lo más alto y el régimen de Fidel Castro mando todo al garete. Recuerdo por el camino hacia la Habana, comprar quesos de vaca grandísimos por cinco euros y les parecía mucho dinero.
En la Habana volvimos a encontrarnos con el moreno y nos llevó a los paladares, que son restaurantes de nivelazo dentro de apartamentos con propietarios extranjeros que invertían en Cuba. En Cuba desde que bajas del avión en el aeropuerto, entra un mensaje en el teléfono móvil diciéndote, "Bienvenido a la Telefonía móvil cubana y son diez euros por esta información", sumado a los treinta euros que obligan a pagar para entrar en Cuba mas otros treinta euros para salir, pues ya son setenta euros por cada persona que entra en Cuba, un país con luz de 125 W, con unas personas maravillosas, pero el régimen de Fidel Castro los hundió en la miseria, porque cuando entran presidentes en cualquier país, según su inteligencia serán los futuros de dichos países.
Cuando salí de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón y recuerdo que cuando volvimos a Tenerife, pero hicimos escala en el aeropuerto de Madrid acabado de reformar, el baño público del aeropuerto era mejor que el apartamento donde nos quedamos en la Habana, porque desgraciadamente en Cuba los edificios de la Habana están a punto de caerse muchos de ellos y ojalá cambie la cosa, pero creo que el mundo en general está cayendo y no falta mucho.
