20 Oct 2026

Es la ilusión de todos los días

Personas haciendo cola para comprar numero en Los Cristianos.//Cedida
Sociedad

Millones de españoles gastan un mínimo de cien euros mensuales en cupones de la ONCE o loterías nacionales o en la primitiva

Juan Santana / Arona

"Es la ilusión de todos los días", es el estribillo de una canción para campaña de la ONCE de hace muchísimos años y ahí está metida en los cerebros de Millones de españoles de una generación ancestral y hay que felicitar al creador de éste estribillo publicitario porque taladró super bien en los cerebros llevándonos hipnotizados hacer colas para comprar un boleto justamente con la ilusión de todos los días, pero aunque cuesta escribirlo también algunos piensan que el Gobierno Central fomenta la ludopatía de una forma light, pero cuando somos mayores de edad somos responsables de nuestras actuaciones personales y cada uno sabe sus cosas, cada uno está en su sitio.

Millones de españoles gastan un mínimo de cien euros mensuales en cupones de la ONCE o loterías nacionales o en la primitiva, sin olvidar a los millones de personas que entran en los kasinos que abundan por todo el mundo. Los vendedores de la ONCE tienen su porcentaje y es increíble el dinero que pueden facturar los buenos vendedores, especialmente los que están en puntos estratégicos por dónde circulan muchos paseantes y en un mes algunos sobrepasan hasta los cuarenta mil euros de ventas en un mes.

Lugares como en el Puerto de la Cruz en Tenerife por ejemplo, podemos ser testigos de ver a vendedores de la ONCE cada pocos metros y todos van escapando económicamente hablando, pero nadie se hará millonario trabajando. La suerte siempre llega sin esperarla, pero es obligatorio buscarla y esperarla en el mundo del azar. En mi caso personal he vivido experiencias que confirman el tema de la suerte.

En 1979 en Sardina del Sur de Gran Canaria, un tío mío en paz descanse vendía cupones de la ONCE, me regaló una hoja con diez números, regalé nueve y salió premiado. En 1.991 compré en el Sur de Gran Canaria un número de lotería nacional de los sábados por quinientas pesetas y el vendedor dijo que una mujer llevaba comprando ese número hacía muchísimos años, pero jamás tuvo un buen premio y lo compré....y salió premiado con un millón de pesetas. El último caso fue hace un par de meses, aquella tarde que salí a pedalear por Las Galletas en el sur de Tenerife y vi un número de la ONCE en la mesa del comedor.

Cogí el número para ver si tenía algo, pero estaba convencido de que no tenía nada y cuando lo miró el cuponero dijo, "Yo no puedo pagarte ésto ahora" y fue una frase que me gustó aunque solamente eran doscientas cincuenta euros. Termino invitándote a leer la opinión de un operario de la ONCE preguntándole, ¿Cómo suelen ser los clientes o sus manías que compran números de la ONCE?.... Vender la ilusión cada día tras el mostrador de la ONCE es mucho más que intercambiar un pedazo de papel por unas monedas; es convertirse, sin quererlo, en un observador de la psicología humana. En mi día a día como vendedor, he descubierto que el cupón no es solo un juego de azar, sino un espejo que refleja las supersticiones, manías y contradicciones de nuestra sociedad. Detrás de cada número hay una historia, y detrás de cada comprador, un personaje único.

Aquí os comparto una mirada muy personal de la fauna y flora de clientes que alegran —y a veces complican— mi jornada laboral.

Los reyes de la contradicción: Anécdotas a pie de quiosco

• El "ciego" que todo lo ve: Una de mis escenas favoritas se repite más de lo que creéis. Llega el típico cliente que me dice con aire misterioso: "Dame uno al azar, pero no me lo enseñes, mételo directo en el bolsillo que da mala suerte verlo". Yo, con toda la profesionalidad del mundo, lo cojo boca abajo y, justo cuando voy a guardárselo en la chaqueta, el tío estira el cuello de una forma casi anatómica para reojearlo. ¡Antes de que toque el fondo del bolsillo ya se sabe la terminación! La tentación siempre puede más que la superstición.

• La trampa de la "buena suerte": Otro clásico es el cliente que te advierte con el dedo levantado: "Ni se te ocurra decirme buena suerte, que me da gafe". Yo, obediente y queriendo agradar, le cobro en estricto silencio y le entrego el boleto. ¿La respuesta? Se me queda mirando con cara de indignación y me suelta: "Oye, ¿y por qué hoy no me deseas mucha suerte como a los demás?". Con este tipo de clientes, el cuponero nunca puede ganar.

El fascinante catálogo de supersticiones

Aparte de las anécdotas, si algo define mi rutina es la cantidad de "estrategias" matemáticas y místicas que utiliza la gente:

• Los matemáticos invertidos: Está el cliente que calcula el equilibrio del universo según el calendario. Si hoy es un día impar (por ejemplo, un 17), te exige con total seguridad un número par. Si al día siguiente es par, te pedirá el impar. Tienen su propia lógica cuántica de la suerte.

• Los cazadores del pasado: No falta la clásica clienta que viene convencida de que el rayo cae dos veces en el mismo sitio. Te pide exactamente el mismo número que salió premiado el día anterior. Por más que intentes sugerirle que es estadísticamente difícil, ella confía plenamente en el bucle temporal.

• Los amantes de "lo feo": "Dame el número más feo que tengas", me piden a menudo. Para ellos, los números con tres ceros seguidos, los que repiten cifras extrañas o los que parecen no tener ninguna gracia son los que realmente esconden el premio gordo. Curiosamente, la belleza en el azar es muy subjetiva.

La eterna ley del embudo: El éxito es mío, el fracaso es del cuponero

Si algo define la psicología del comprador de lotería es cómo gestiona la fortuna. Cuando la suerte sonríe y el número resulta premiado, el cliente entra al quiosco con el pecho inflado diciendo con orgullo: "¡Qué suerte tengo!", atribuyéndose todo el mérito de su genial intuición.

Ahora bien, cuando el cupón no rasca ni el reintegro... ¡ay amigo! Ahí la culpa es 100% del cuponero. "Es que me diste el número malo", "Tienes la mano fría" o "Me tienes manía" son las frases de cabecera. Pasamos de ser repartidores de fortuna a los villanos del barrio en cuestión de un sorteo.

En definitiva, trabajar de cara al público vendiendo ilusión te enseña que hay tantas tipologías de clientes como caracteres tiene nuestra sociedad. Con sus rarezas, sus manías y sus risas, todos ellos forman el motor de mi día a día. Al fin y al cabo, mi trabajo no es solo vender un número, sino escuchar, sonreír y formar parte, aunque sea por un minuto, de las ilusiones de toda la vida.

 

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