Los Finaos: la memoria que hace país
Diego Fernando Ojeda Ramos (*)
Hay noches en las que una casa parece ensancharse para que quepan quienes ya no están. Basta pronunciar un nombre, recordar una ocurrencia o reconocer en nuestras manos un gesto aprendido de alguien querido. Entonces, alrededor de la mesa, la ausencia encuentra compañía. De eso habla nuestra tradición de Los Finaos: de reunirnos para recordar, de compartir los frutos del otoño mientras las historias devuelven a nuestros seres queridos un lugar entre nosotros.
En distintos rincones de Canarias, las castañas, las nueces, las almendras y los relatos familiares han acompañado esa manera de mantener viva la memoria. Cada familia conserva sus nombres, sus anécdotas y sus formas de celebrar el encuentro. Entre todas componen una herencia que merece llegar a quienes vienen detrás.
Cuando pienso en el sentido de esta tradición, vuelvo a mi bisabuela Lolita Peña, a nuestra Malola, y a su casa de la calle Ruiz, 27. Siempre tenía algo para compartir con las personas que llegaban. Aquella casa era un auténtico punto de encuentro para la familia, las vecinas y las amistades. Su generosidad había convertido una dirección en un lugar de pertenencia.
Hoy, al recordarla, comprendo que también se educaba allí. En su manera de recibir, en la disposición a compartir, en hacer sitio a quienes se acercaban. Como maestro, encuentro en esa memoria una enseñanza que quisiera transmitir a mi alumnado: una comunidad se construye con gestos cotidianos, con personas capaces de ofrecer algo de lo que tienen y de su tiempo a las demás.
Por eso Malola tiene un lugar en estas palabras sobre Los Finaos. Porque nuestras tradiciones adquieren profundidad cuando las vinculamos a las vidas que les dan sentido. Para mí, la memoria tiene también su nombre, el de Lolita Peña, y aquella dirección: calle Ruiz, 27. Contar cómo era su casa permite que quienes no la conocieron reciban algo de su legado.
También ella hizo Canarias. Como tantas mujeres que sostuvieron familias, cuidaron vínculos y conservaron relatos mientras su propia historia quedaba relegada al silencio. Recordarlas significa devolverles voz y reconocer que la memoria de un pueblo se guarda también en sus cocinas, en sus patios y en las conversaciones de quienes lo cuidaron.
Desde mi mirada canarista, Los Finaos tienen ese valor inmenso: nos ayudan a reconocernos como parte de una historia compartida. El sentimiento de pertenencia crece cuando sabemos de dónde vienen nuestras palabras, nuestras costumbres y nuestros afectos. Canarias se hace presente en lo que contamos y en lo que decidimos transmitir.
Cuando alguien pregunta cómo era aquella persona a la que nunca llegó a conocer, una generación entrega a otra un pequeño legado. La infancia descubre que su mundo comenzó antes de su nacimiento y que hay vidas que siguen acompañándonos a través de lo aprendido. Así, un recuerdo familiar encuentra continuidad y pasa a formar parte de una memoria más amplia, la de nuestro pueblo.
Como maestro, creo que la escuela canaria tiene una responsabilidad especial en esa transmisión. Nuestras niñas y nuestros niños merecen conocer la cultura del lugar donde viven. Merecen encontrarla en sus aulas con naturalidad, con profundidad y con alegría. Sus barrios, sus mayores, sus paisajes y sus tradiciones deben formar parte de aquello que la escuela considera digno de ser aprendido.
Celebrar Los Finaos en un colegio ofrece una oportunidad preciosa para hacerlo. Podemos abrir las puertas a las familias, escuchar a las abuelas y los abuelos, recoger expresiones, escribir recuerdos y descubrir cómo se vivía esta tradición en cada casa. El asadero de castañas adquiere todo su sentido cuando alrededor de él circulan las historias. La celebración se convierte entonces en aprendizaje, encuentro y reconocimiento.
Me gustaría que nuestro alumnado pudiera descubrir sus propias casas de la calle Ruiz, sus lugares de encuentro, las personas que dejaron una huella en su familia. Que preguntara quién recibía siempre con algo para compartir, quién mantenía unidos a los demás, quién enseñó una canción o una manera de cuidar. Ahí hay una riqueza educativa que merece entrar en nuestras aulas.
También podemos educar en la sensibilidad. Hablar de quienes nos faltan exige delicadeza: cada criatura tiene su historia y su manera de sentir. Debe haber espacio para compartir y también para guardar silencio. Recordar admite muchas formas; la tristeza merece compañía y el cariño encuentra caminos para permanecer.
Frente al enorme escaparate de Halloween, nuestras tradiciones necesitan tiempo, presencia y compromiso. Los disfraces, los personajes y la publicidad llegan con una fuerza que una conversación familiar difícilmente puede igualar. Cuando ese despliegue ocupa el calendario escolar y Los Finaos apenas reciben una explicación apresurada, transmitimos una jerarquía cultural que conviene revisar. Lo que llega respaldado por el mercado acaba teniendo más espacio que aquello que hemos recibido de nuestros mayores.
Aprender sobre otras culturas enriquece a nuestro alumnado. Esa apertura debe ir acompañada del conocimiento y la valoración de la propia. Me preocupa que una niña o un niño conozca numerosos personajes de Halloween y termine Primaria sin haber escuchado qué significan Los Finaos. Ahí tenemos una tarea pendiente quienes educamos y una responsabilidad que debemos asumir con convicción.
La escuela dispone de algo valioso: la capacidad de detenerse, preguntar y dar sentido. Puede convertir una fecha del calendario en una conversación entre generaciones. Puede hacer que una persona mayor se sienta escuchada y que una criatura descubra con orgullo una costumbre de su familia. Puede incorporar también al alumnado llegado de otros lugares, invitándolo a conocer Canarias y a compartir sus propias memorias. La pertenencia se fortalece cuando ofrece un lugar desde el que participar.
Hacer cultura y hacer país tiene mucho que ver con esos gestos. Con decidir qué merece continuidad. Con conceder valor a las voces cercanas y procurar que nuestras tradiciones tengan un porvenir en la experiencia de la infancia. El canarismo que siento y defiendo encuentra aquí una expresión concreta: cuidar la memoria de nuestra gente y darle espacio en la educación de quienes construirán la Canarias del mañana.
Ojalá en nuestras escuelas el olor de las castañas venga acompañado de preguntas, de nombres y de historias. Que haya una silla para quienes tienen algo que contar y unos oídos dispuestos a recibirlo. Que cada recuerdo compartido ayude a comprender cuánto de nuestra vida procede del amor y del esfuerzo de otras personas.
Yo, al pronunciar el nombre de Malola, vuelvo a encontrarme con aquella casa de la calle Ruiz, 27, donde siempre había algo para compartir. Y quisiera que algo de esa generosidad siguiera viviendo en mi manera de enseñar, de recibir y de acompañar.
Quizá ese sea uno de los regalos más hondos de Los Finaos: permitirnos transformar el recuerdo en una forma de vivir. Que lo recibido encuentre continuidad en nuestros actos. Que un día nuestras niñas y nuestros niños se sienten alrededor de otra mesa y cuenten lo que aprendieron de quienes estuvimos antes.
Mientras alguien escuche esas historias, seguirá viviendo una parte de nosotros. Seguirá haciéndose Canarias.
(*) Fue concejal del Ayuntamiento de Telde