18 Oct 2026

De Purezas y Redenciones

Ventanas de Opinión
Vizago (*)
 
Recientemente se ha publicado en El País un artículo del escritor y miembro de la Real Academia Española Javier Cercas bajo el título Por qué necesitamos acoger a los emigrantes. El artículo ejemplifica una ideología ante la inmigración que es comúnmente considerada progresista. Los postulados y presuposiciones en los que se sustenta esta ideología merecen ser examinados.
 
Una manera de aferrarnos a nuestras ideas y cerrar la puerta a posibles alternativas es describir un mundo en blanco y negro, sin tonos de gris. De tal modo, el escritor encuadra la única opinión opuesta a su idea de que hay que acoger a los inmigrantes dentro de la “internacional nacionalpopulista”, la cual considera que la inmigración es “la causa de todos nuestros males”. Esto es una versión del ‘o yo o el caos’: o la acogida de inmigrantes o la xenofobia irracional.
 
En un tono más razonable, el escritor aduce tres razones fundamentales para acoger a inmigrantes. En primer lugar “el deber de acogida”. Nos recuerda que “todas las civilizaciones conocen el deber de acogida”. Menciona a Jesucristo, “las escrituras” y el deber de “dar de comer al hambriento y de beber al sediento”. No se explica por qué para dar de comer y beber a quien lo necesita debemos esperar primero a que viaje miles de kilómetros hasta nuestras costas. El coste de alimentar, vestir y alojar a un solo inmigrante en Europa equivale económicamente a hacerlo con decenas de africanos en sus países. Ser caritativo entraña hacer el mejor uso de los recursos de ayuda, destinándolos allí donde más se necesitan y donde benefician al mayor número de personas. Acoger a quien la sed o el hambre ha conducido hasta nuestro país no es caridad, sino un síntoma de la falta de caridad.
 
En realidad, la gran mayoría de los inmigrantes no llega a Europa huyendo del hambre o la sed, sino en busca de mejores perspectivas de vida.
 
En la política es cada vez más frecuente el recurso a la emotividad para avanzar una propuesta. El autor nos recuerda que “miles de personas mueren tratando de llegar a nuestras costas”. Evidentemente, esto es algo horrible. Cosa diferente es que la conmoción y tristeza que ello produce avalen en manera alguna la tesis de que “necesitamos acoger” a los inmigrantes. El escritor menciona estas muertes, pero no especifica de qué manera cree que podrían evitarse. Hay que suponer que según el autor, la causa de que estas personas mueran es por no habérseles permitido entrar legalmente en España. Ello significa que aunque el escritor no lo diga, está abogando por un sistema de inmigración sin límite, puesto que cualquier limitación entrañaría la posibilidad de entrada ilegal y en consecuencia la muerte en el intento. Es decir, el escritor esgrime la cifra de muertos, de la cual explícitamente responsabiliza al lector como miembro de la sociedad a la que los inmigrantes intentan llegar (no acabar con estas muertes “nos convierte en sus cómplices”), pero no explicita de qué manera cree que dichas muertes podrían evitarse. Para quedar libres de la culpa que se nos atribuye hay que creer en la idea de que es necesario acoger a los inmigrantes. 
 
La propuesta implícita de inmigración ilimitada (como única manera de evitar muertes) es contradicha posteriormente en el artículo al abogar el escritor por una inmigración “ordenada y racional”. En ningún momento explica en qué consiste o de qué manera acabaría con las muertes.   
 
Continuando con el tono de amonestación moral, el escritor afirma que oponerse a “acoger” al inmigrante (léase, permitir que por el hecho de haber llegado a la costa, se quede indefinidamente en el país) es una “canallada” y “nos convierte en una banda de desalmados”.
 
La segunda razón que el escritor aduce para la acogida es económica: “si echamos a los inmigrantes el país se arruina”. Se contrapone la proposición civilizada del escritor “acoger a los inmigrantes” con la contrapropuesta barbárica “echar a los inmigrantes”. Es otra iteración del ‘o yo o el caos’. En este pronunciamiento acerca del impacto económico de la inmigración no hay intento alguno de analizar cómo la inmigración afecta de manera diferente a distintos estratos sociales. El empresario se beneficia al disminuir el coste de los salarios y expandirse el número de consumidores. La clase trabajadora se perjudica al mermarse su poder de negociación frente al empresariado, el coste de la vivienda se incrementa, y el acceso a los servicios públicos se dificulta. Sin embargo, el escritor nos quiere hacer creer que si dejaran de asentarse en España un promedio anual de medio millón de inmigrantes, se produciría un colapso económico.
 
En tercer lugar, el escritor aduce razones culturales para la acogida de inmigrantes. El escritor expresa su desacuerdo con que Europa sea “blanca y cristiana”, afirmando “la pureza es estéril, el mestizaje fecundo; la pureza mata, el mestizaje da vida”. Aquí, sin ambages el escritor nos muestra su concepción racial de la sociedad. Nos dice que en la sociedad hay ciertas proporciones raciales que son nocivas, estériles y letales. No sabemos muy bien por qué, pero según el escritor hay una supremacía racial de quien tiene en su sangre un elemento de fuera de Europa. No está claro en base a qué le atribuye propiedades mágicas a lo que presenta como una suerte de impureza redentora.
 
En la década de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, la época más tenebrosa de Europa, la pureza era buena y el mestizaje era malo. Ahora, el autor quiere convencernos de que lo opuesto es lo correcto. Hay tanto de racismo en un postulado como en el otro.
 
La pureza debe ser erradicada puesto que según el escritor “la pureza mata, el mestizaje da vida”. Se desprende que cualquier comunidad europea en la que aún no se hayan instalado inmigrantes extra-comunitarios en suficiente número, no sólo es un anacronismo sino además un reducto peligroso. Si bien el escritor acusa a la “internacional nacionalpopulista” de demonizar al inmigrante, él hace lo mismo con las comunidades que no han experimentado un proceso de mestizaje. Axiomas discriminatorios y estigmatizantes yacen en el discurso ‘progresista’ del escritor.
 
Dada la rotundidad del escritor, se desprende que la “pureza” debe ser extirpada. De otro modo nos matará. En este sentido, creemos que el escritor no debería preocuparse. En su conjunto, el ADN de los españoles, además del legado europeo tiene elementos árabe, judío converso, y en un lugar como Canarias, un remanente aborigen. El escritor haría bien en dirigir su cruzada antipureza a otro país.
 
Por motivos que desconocemos, la vehemencia con la que el escritor quiere combatir la “pureza” se circunscribe a Europa. No hay indicio de que el escritor considere beneficioso que África deje de ser negra o Asia asiática. El exceso de pureza es un problema específicamente europeo.
 
Se afirma que “una Europa blanca y cristiana” es “una pesadilla”. De nuevo, una aseveración categórica sin ofrecer ningún fundamento o razón. No hay motivo para perder el sueño. Mayoritariamente Europa es, a dios gracias, laica.
 
Pese a su aversión ante lo religioso, sectores de la progresía española parecen haber adoptado algunos de los peores rasgos de la Iglesia Católica del pasado. La “pureza” es un pecado original que debe ser expiado por medio de la mezcolanza con el extranjero redentor. Al igual que el clero de antaño, sectores progresistas fomentan un sentimiento de culpa como forma de control ideológico.
 
Con tales planteamientos en uno de los principales periódicos del país, no es de extrañar que en el polo opuesto haya señores/as conspiranoicos de derechas que creen en la existencia de un plan para reemplazar la raza blanca europea con poblaciones africanas y de Oriente Medio.
 
En medio de estos dos extremos estamos la mayoría de los ciudadanos. No estamos interesados en pureza de sangre, pero tampoco somos indiferentes ante la implementación por parte del gobierno de las políticas de inmigración masiva, contraviniendo la voluntad de la mayoría de la ciudadanía, como desde hace años vienen poniendo de manifiesto todas las encuestas de opinión.
 
(*) Articulista
 
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