23 de septiembre “Día Internacional contra la Explotación Sexual y la Trata”
Palmira Déniz Verona (*)
La explotación sexual y la trata no son únicamente una manifestación de violencia: son también el síntoma de una profunda crisis ética. Una sociedad comienza a perder sus referencias cuando deja de reconocer al otro como un sujeto de dignidad y permite convertir su cuerpo, su vulnerabilidad o su necesidad en mercancía.
Leonardo Boff, desde la ética del respeto por la vida de Albert Schweitzer, plantea una cuestión esencial: la vida no puede ser utilizada como un medio para satisfacer el poder, el interés o el deseo de otros. El respeto, el cuidado y la responsabilidad hacia quien sufre deberían constituir los fundamentos de nuestra convivencia.
Sin embargo, la realidad nos obliga a preguntarnos hasta qué punto hemos normalizado lo contrario.
La Memoria 2025 de la Fiscalía constata en Canarias un incremento de procedimientos relacionados con el maltrato familiar, la violencia de género y las agresiones sexuales, además de advertir de las dificultades de los sistemas de protección de menores extranjeros no acompañados. La fiscalía general del Estado alerta también del incremento de conductas violentas entre menores, de los delitos contra la libertad sexual y del papel de las tecnologías y las redes sociales en la reproducción de estas violencias.
Y esta realidad canaria forma parte de un fenómeno global. Mujeres y niñas siguen sufriendo violencia sexual en los conflictos armados, feminicidios, matrimonios infantiles y forzados, trata y explotación. En contextos de guerra, pobreza, desplazamiento o ausencia de derechos, la condición de mujer, menor y migrante puede convertirse en un factor añadido de vulnerabilidad.
Pero hoy debemos incorporar también un nuevo escenario: el territorio digital. Los algoritmos pueden amplificar discursos misóginos, sexualizar la infancia, normalizar la violencia y convertir la cosificación en entretenimiento. La tecnología no crea por sí sola la desigualdad, pero puede multiplicar su alcance cuando reproduce relaciones de poder ya existentes.
Por eso no basta con perseguir a quienes integran las redes de trata. Debemos abordar también la demanda que sostiene los mercados de explotación.
Las redes explotan, pero alguien compra.
La responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre quien se encuentra en una posición de vulnerabilidad. El deseo de quien paga no puede situarse por encima de la dignidad de quien es comprado.
Esta es una de las grandes contradicciones del orden patriarcal: si una mujer no es libre, se la somete; si reclama libertad, se la juzga; si decide, se la responsabiliza. La violencia termina convirtiéndose, paradójicamente, en responsabilidad de quien la padece.
Frente a esta lógica necesitamos recuperar una ética política basada en el reconocimiento del otro como sujeto y no como objeto. Una ética del respeto, del cuidado y de la responsabilidad.
Porque una niña migrante que llega sola no es un problema migratorio.
Una mujer víctima de trata no es una mercancía.
Una menor explotada sexualmente no es responsable de la violencia que otros ejercen sobre ella.
La respuesta exige legislación, recursos y políticas públicas. Necesitamos una ley integral contra la trata y avanzar hacia una ley abolicionista de la prostitución, reforzar la protección de menores y mujeres migrantes, actuar sobre la demanda y afrontar la responsabilidad de las plataformas y de los nuevos mecanismos digitales de explotación.
Pero también necesitamos algo más profundo: una transformación cultural.
Porque una sociedad no puede proclamarse defensora de los derechos humanos mientras tolera que determinadas personas puedan ser convertidas en cuerpos disponibles para el consumo de otras.
La cuestión que tenemos delante es, en último término, qué principio queremos colocar en el centro de nuestra convivencia: el poder o la dignidad; el mercado o la vida; la indiferencia o la responsabilidad.
Desde Nueva Canarias–Bloque Canarista defendemos una sociedad en la que ninguna persona pueda ser reducida a mercancía y en la que la libertad de unas no sea construida sobre la explotación de otras.
Respetar irrestrictamente la vida significa no aceptar ninguna forma de violencia, dominación o explotación que niegue la dignidad humana.
La dignidad no se compra.
La libertad no se negocia.
Y ninguna mujer debe ser nunca el precio del poder de otro.
Ese es el verdadero desafío de nuestra ética: decidir de qué lado queremos estar, del lado de la dominación o del lado de la vida.
(*) Secretaria de Igualdad, feminismo y Diversidad de Nueva Canarias Telde.