03 Sep 2026

El ‘scroll’ infinito también engancha a los jubilados que encuentran en el móvil una vía de escape frente a la soledad, la ansiedad o la falta de rutinas

Sociedad

Clínica Recal alerta de que el uso problemático del smartphone y las redes sociales también está alcanzando a los mayores de 65 años

ELDIGITALDECANARIAS.NET/Madrid

Especialmente vulnerables son quienes viven solos, han enviudado o afrontan la jubilación, perfiles en los que la soledad, la ansiedad, la depresión o la falta de rutinas pueden convertir el móvil en una vía de escape y alimentar un consumo compulsivo que, en muchos casos, pasa desapercibido

Durante años, hablar de dependencia del móvil parecía hablar necesariamente de adolescentes. Pero el smartphone ya forma parte de la vida cotidiana de generaciones que hace apenas dos décadas apenas utilizaban internet. Según datos del CSIC recogidos en su informe Envejecimiento en red, más del 96% de los mayores de 60 años utilizaba teléfono móvil en 2023; entre las personas de 65 a 74 años, el 80% utilizaba internet, una cifra que alcanzaba al 41% de los mayores de 75. La tendencia se ha consolidado: un estudio de OCU publicado en diciembre de 2025 sobre los hábitos digitales de los mayores de 60 años confirma que el smartphone es ya su dispositivo de acceso preferente a Internet y que, entre los sénior más jóvenes, el uso se extiende también a redes como Facebook, Instagram y TikTok.

La reducción de la brecha digital es una buena noticia, pero también plantea nuevas preguntas sobre cuánto, cómo y para qué utiliza la tecnología la generación sénior. El problema, explica María Quevedo, directora de tratamiento de Clínica Recal, centro especializado en el tratamiento de las adicciones en España, no puede medirse únicamente en horas de pantalla: “La transición de un uso intensivo a un uso problemático se define por la aparición de pérdida de control, abstinencia, conflictos interpersonales y consecuencias negativas en la vida diaria, más que por el tiempo de uso”. La clave está, por tanto, en detectar cuándo el móvil deja de ser una herramienta para comunicarse, informarse o entretenerse y empieza a desplazar el sueño, la actividad física, las aficiones o las relaciones presenciales.

Pasar mucho tiempo con el móvil no significa necesariamente tener una dependencia. La frontera aparece cuando la persona pierde capacidad para regular su comportamiento y continúa utilizándolo pese a las consecuencias. “No existe consenso diagnóstico formal en el DSM-5, pero hay determinados criterios que deben activar las alertas: la incapacidad para limitar el tiempo de uso a pesar de intentos repetidos, síntomas de abstinencia como irritabilidad, agitación o malestar cuando no se puede utilizar el teléfono y consecuencias negativas sobre las relaciones, las actividades diarias, el sueño o la salud”, señala Quevedo.

En las personas mayores existen además algunas particularidades que pueden dificultar la detección. “El declive cognitivo subjetivo puede dificultar la autorregulación, la baja autoconciencia puede minimizar la percepción del problema y la adicción reduce la actividad física diaria”, explica la directora de tratamiento de Clínica Recal.

Por eso, una de las preguntas fundamentales no debería ser únicamente cuánto tiempo pasa una persona frente a una pantalla, sino qué hace durante ese tiempo y qué lugar ha empezado a ocupar el teléfono en su vida.

El teléfono móvil como refugio frente a la soledad

La soledad, la pérdida de la pareja, la jubilación o una red social reducida pueden dejar más tiempo libre y menos rutinas estructuradas, favoreciendo un uso excesivo de la tecnología. “El uso problemático está impulsado por soledad, aburrimiento, ansiedad y depresión, funcionando el dispositivo como automedicación emocional para escapar del malestar”, explica María Quevedo.

El riesgo aumenta especialmente entre personas que viven solas, han enviudado o se han jubilado recientemente. En estos casos, el móvil puede proporcionar una sensación inmediata de compañía, pero el entretenimiento pasivo como vídeos, juegos o redes sociales, puede terminar desplazando las relaciones presenciales. “Las llamadas y la mensajería con la familia pueden reducir la soledad y los síntomas depresivos; en cambio, el entretenimiento pasivo puede agravar la depresión y el aislamiento”, señala Quevedo.

En muchos casos, el móvil no origina el problema, sino que se convierte en el lugar donde termina manifestándose un malestar que ya estaba presente. Los vídeos cortos y el desplazamiento continuo de una publicación a otra ofrecen estímulos rápidos y constantes, pero no son el único uso digital que preocupa a los especialistas. “Los usos pasivos y evitativos predicen deterioro mental de forma desigual respecto a la comunicación interactiva. Los vídeos cortos atraen por estímulos rápidos, pero las apuestas online, el contenido adulto y las compras compulsivas son los predictores más fuertes de sobrecarga y adicción en mayores de 60 años”, advierte Quevedo.

Por el contrario, la utilización de la tecnología para mantener el contacto con familiares o acceder a información no presenta el mismo patrón de riesgo. “El consumo de noticias o la comunicación familiar reducen o no influyen en el riesgo”, explica.

El factor decisivo vuelve a estar en la pérdida de control: revisar compulsivamente el teléfono después de cada notificación, ser incapaz de dejarlo, abandonar otras actividades o continuar utilizándolo pese a que está afectando al sueño, las relaciones o la rutina diaria.

Las señales que puede detectar la familia

La dependencia no siempre es evidente para quien la experimenta, pero sí puede dejar pistas en el comportamiento cotidiano. María Quevedo destaca tres señales especialmente relevantes:

1. El móvil interrumpe las relaciones: el ‘phubbing’ recurrente (mirar el teléfono mientras se ignora una conversación o un encuentro) puede indicar que el dispositivo está desplazando la interacción presencial.

2. El teléfono se convierte en refugio emocional: utilizarlo como “compañero de consuelo emocional y apoyo social”, recurrir constantemente a él ante el aburrimiento o el malestar y justificar su uso excesivo pueden ser signos de dependencia.

3. El uso empieza a cambiar la vida cotidiana: abandonar aficiones, reducir la actividad física, dormir peor, aislarse o mostrarse incapaz de limitar el tiempo de pantalla son señales que merecen atención.

Ante estas situaciones, la solución no pasa por quitar el móvil de golpe“Las restricciones rígidas impuestas por la familia generan frustración, rebeldía y mayor alienación”, advierte Quevedo. Recomienda abordar el problema desde la mediación digital y afectiva, hablar abiertamente sobre el uso del teléfono y establecer acuerdos consensuados. Y, especialmente, recuperar actividades y relaciones presenciales que reduzcan la necesidad de refugiarse en la pantalla.

La prevención pasa por evitar que el teléfono se convierta en la principal fuente de entretenimiento o regulación emocional. Desde Clínica Recal recomiendan sustituir progresivamente el tiempo pasivo de pantalla por actividad física, relaciones sociales y alternativas comunitarias“Reemplazar tiempo de pantalla por 30 minutos diarios de actividad física reduce el uso problemático y mejora la salud mental”, explica María Quevedo, que también apuesta por programas grupales e intergeneracionales que recuperen el contacto presencial. El punto de inflexión, subraya, “no es demonizar las TIC, sino utilizarlas adecuadamente sin descuidar otras actividades importantes en la vida, como las relaciones presenciales”.

La prevención pasa también por detectar antes el problema, incorporando preguntas sencillas sobre el uso de dispositivos en la valoración del bienestar emocional de las personas mayores. Porque la señal de alarma no está únicamente en cuánto tiempo se mira el móvil, sino en lo que se deja de hacer por seguir mirando la pantalla: dormir, moverse, relacionarse o disfrutar de otras actividades.

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