“Crónica de una muerte anunciada”
Desde hace tiempo se intuía su final político, escrito en el aire con la misma inevitabilidad con la que Santiago Nasar caminaba hacia su destino. Todos sabían lo que iba a ocurrir, pero, como en la novela de García Márquez, nadie quiso ser el mensajero de una verdad incómoda. La dirección del Partido Popular y el propio Feijóo decidieron mantenerlo, aferrados a una ficción de estabilidad que solo servía para prolongar la agonía.
En Crónica de una muerte anunciada, la tragedia no está en el crimen, sino en la pasividad colectiva que lo permite. Aquí ocurre lo mismo: no sorprende la caída de Mazón, sino el silencio cómplice que la antecedió. Durante meses, mientras las evidencias se acumulaban y la confianza pública se erosionaba, el partido optó por mirar hacia otro lado, como si el destino pudiera cambiarse ignorándolo.
Al final, la dimisión no es más que la confirmación de lo que todos sabíamos: que su liderazgo estaba herido de muerte desde hace tiempo. Como Santiago Nasar, Mazón ha caído no solo por sus actos, sino también por la incapacidad de su entorno para enfrentar la verdad. Una crónica política escrita mucho antes de su último acto.
La tragedia de la DANA y sus devastadores efectos no han dejado indiferente a nadie. El dolor de quienes lo han perdido todo, la rabia de las víctimas y la sensación de abandono generalizado siguen presentes en la memoria colectiva.
Un año y cinco días después, Carlos Mazón presenta su dimisión en diferido, sin renunciar a su acta de diputado y manteniendo su cargo en funciones hasta que se elija un nuevo candidato a la presidencia de la Generalitat —en el caso de que los populares consigan un perfil que agrade a Vox y este no les obligue a activar el botón electoral—. Mazón hace una declaración que solo puede calificarse de infame, lamentable y vergonzosa. Hacía mucho tiempo que un acto político no me provocaba tanta vergüenza, y eso que el panorama actual ya ofrece motivos de sobra para sonrojarse.
Se presenta como una víctima de una supuesta cacería política por parte del Gobierno
—una estrategia muy “ayusista”, por cierto— y se define a sí mismo como “un hombre que se equivocó”, ni una palabra a las víctimas, ni un reconocimiento de su evidente dejación de funciones, ni un perdón por sus mentiras. Pero lo preocupante no es solo su incapacidad para asumir responsabilidades, sino su aparente desconexión con la realidad. O, peor aún, su deliberada negativa a reconocerla.
La realidad es tan simple como dolorosa: mientras la gente se ahogaba, él estaba comiendo en El Ventorro. Esa imagen lo resume todo. Mazón ha demostrado que, para él, las tragedias parecen ocurrir en otro plano, lejos de su responsabilidad política y moral.
A pesar de todo, no ha estado solo. El Partido Popular lo ha arropado con fervor: baños de masas, aplausos, sonrisas, gestos de apoyo incondicional. Una escena que dice mucho, no solo de Mazón, sino también del partido que ha preferido mirar hacia otro lado antes que mirar de frente a la verdad.
El liderazgo no se mide por los aplausos, sino por la capacidad de estar a la altura cuando más se necesita. Mazón ha demostrado ser un líder ausente, atrapado en el espejismo del poder y en la narrativa de la victimización.
El dolor de las víctimas quedó reflejado también en el funeral de Estado de la DANA: en sus gritos, en su rabia contenida, en la memoria viva de la injusticia. Mientras los Reyes, el presidente Sánchez, la delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana, Pilar Bernabé, la presidenta del Congreso y el presidente del Senado acompañaban con gestos de empatía y consuelo, Mazón brilló por su ausencia. Ni siquiera estuvo presente en el encuentro previo al funeral con las asociaciones de víctimas, a petición de estas. Por supuesto que la Generalitat debía estar representada en un acto tan importante para Valencia, pero es más que evidente que las víctimas no querían la presencia de Mazón, y así lo hicieron saber días antes. Aun así, este acudió, sentándose en una tímida tercera fila, faltándoles al respeto una vez más.
Pero claro, ¿qué se puede esperar de alguien que ha ofrecido multitud de versiones sobre lo que hizo aquel 29 de octubre? De alguien que no tiene ninguna legitimidad para hablar de verdad o de reparación, y aun así lo hace. De alguien que ha insultado con su comportamiento, día sí y día también, a las víctimas.
Las responsabilidades judiciales, si es que las hay, ya se demostrarán. Pero las responsabilidades políticas y morales están más que claras: Mazón dejó de representar a los suyos el mismo día que se negó a reconocer el dolor ajeno mientras él almorzaba tranquilo.
(*) Articulista