Demolición urbana: cómo se derriba un edificio sin dañar el de al lado
El trabajo real consiste en retirar una estructura completa sin tocar nada de lo que la rodea
ELDIGITALDECANARIAS.NET/Madrid
Derribar un edificio en el centro de una ciudad no consiste en golpear hasta que caiga. El inmueble comparte medianera con otros. Debajo pasa una calle con gente. Al lado hay viviendas ocupadas. El trabajo real consiste en retirar una estructura completa sin tocar nada de lo que la rodea. Este artículo explica el proceso, la maquinaria y las normas que lo regulan en España.
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La demolición urbana empieza antes que las máquinas
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Las máquinas de alto alcance trabajan desde el suelo
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Los robots entran donde no cabe una excavadora
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Polvo, ruido y residuos: el control del entorno
La demolición urbana empieza antes que las máquinas
La primera fase es documental. Toda demolición necesita un proyecto firmado por un técnico competente y una licencia municipal. El proyecto describe la estructura, define el orden de derribo y calcula los apeos necesarios. Sin ese documento no arranca ninguna máquina.
Después llega la inspección del edificio. El equipo identifica el sistema estructural, el estado de las medianeras y la edad de la construcción. La fecha importa por un motivo concreto: el amianto. España prohibió su fabricación y venta en 2002. Cualquier edificio anterior puede contener fibrocemento en cubiertas, bajantes, depósitos o aislamientos.
La normativa es estricta en este punto. El artículo 30 de la Ley 7/2022 obliga a retirar el amianto antes de iniciar la demolición. La retirada solo puede ejecutarla una empresa inscrita en el RERA, el Registro de Empresas con Riesgo de Amianto. Esa empresa presenta un plan de trabajo y espera la aprobación de la autoridad laboral. Los operarios reciben formación específica y vigilancia médica. El límite de exposición se ha reducido de 0,1 a 0,01 fibras por centímetro cúbico.
La misma ley encargó a los ayuntamientos un censo de instalaciones con amianto y un calendario de retirada. Los edificios públicos y las instalaciones de mayor riesgo tienen 2028 como horizonte. Para un propietario privado esto significa algo práctico: el amianto detectado en una reforma ya no se puede dejar donde está.
El resto de la preparación es más rutinario, aunque igual de necesario. Se cortan agua, electricidad, gas y telecomunicaciones. Se apuntalan las medianeras. Se retiran vidrios, carpinterías, instalaciones y todo lo que se pueda recuperar antes del derribo. Esa fase se llama deconstrucción selectiva y reduce mucho el volumen de residuo mezclado.
Las máquinas de alto alcance trabajan desde el suelo
El cambio técnico más importante de las últimas décadas es sencillo de resumir. Antes los operarios subían al edificio para demolerlo. Ahora la máquina lo demuele desde la calle.
Una excavadora de alto alcance monta un brazo articulado mucho más largo que el estándar. El alcance define el trabajo. Una excavadora convencional llega a unos diez o doce metros. Un brazo de alto alcance alcanza 18 metros en los equipos medios y supera los 30 metros en los grandes. Las máquinas mayores del mundo pasan de los 50 metros. En Baleares, las empresas de demoliciones especializadas cubren ese rango con equipos como la Caterpillar 325 y modelos montados sobre bases de la serie 345, que llegan a los 32 metros.
El diseño resuelve tres problemas a la vez. El primero es la visibilidad: la cabina bascula hacia atrás, de modo que el operador mira hacia arriba con el cuerpo apoyado. El segundo es la estabilidad: el contrapeso y el ancho de orugas compensan el peso del implemento en la punta. A más alcance, implemento más ligero. El tercero es la precisión.
Los implementos marcan la diferencia real. El martillo hidráulico rompe por impacto y genera vibración. La cizalla y la pinza pulverizadora muerden el hormigón y separan la armadura casi sin transmitir energía a la estructura vecina. En obra urbana esa opción es casi siempre la correcta.
La máquina también trabaja el entorno. Las boquillas de agua en el extremo del brazo mojan el punto de impacto y frenan el polvo en origen. Cuando la calle es estrecha, se montan pantallas de protección de hasta 22 metros de altura y 9 metros de anchura que retienen los fragmentos y protegen a los peatones y a las fachadas de enfrente.
Los robots entran donde no cabe una excavadora
Muchas demoliciones no derriban el edificio entero. Un hotel en reforma, un forjado que hay que abrir, un foso de ascensor, un sótano con pilares que cambian de sitio. En esos casos la máquina tiene que entrar dentro.
Los robots de demolición resuelven ese escenario. Los modelos habituales pesan entre unos cientos de kilos y varias toneladas. Un Brokk 90 pasa por una puerta estándar. Un Brokk 170 sube en montacargas y baja escaleras. El operador los maneja por control remoto a quince o veinte metros de distancia, fuera de la zona de caída y fuera de la nube de polvo.
La alimentación eléctrica es la clave del uso interior. Un robot eléctrico no emite gases de escape, así que trabaja en espacios cerrados donde una miniexcavadora diésel obligaría a montar ventilación forzada. Además genera menos ruido y menos vibración que un equipo de combustión equivalente.
Los implementos son los mismos que en las máquinas grandes, a otra escala: martillo, cizalla, pinza y cabezal de corte. El robot combina la potencia de una máquina con el acceso de una herramienta manual. Frente al derribo a mano con martillo neumático, la diferencia de productividad es amplia y el operario deja de estar debajo del material que cae.
Para trabajos en fachada o en pozos, el robot puede descender colgado en una jaula y alimentarse desde un generador o desde la red del edificio.
Polvo, ruido y residuos: el control del entorno
Una demolición urbana se juzga por lo que ocurre fuera del vallado. Tres factores concentran las quejas y las inspecciones.
El polvo se controla con agua aplicada en el punto de rotura, no rociando el aire. Las mallas y pantallas completan el sistema. El ruido depende del implemento y del horario: las ordenanzas municipales fijan franjas de trabajo, y la pinza pulverizadora es bastante más silenciosa que el martillo. La vibración se mide con acelerómetros en los edificios contiguos, sobre todo si son antiguos o están catalogados.
Los residuos tienen su propio marco legal. El Real Decreto 105/2008 reparte las obligaciones entre dos figuras. El productor, normalmente la propiedad, incluye en el proyecto un estudio de gestión de residuos con la estimación de volúmenes, las medidas de prevención, el destino previsto y el coste. El poseedor, normalmente la empresa contratista, redacta el plan de gestión que aplica ese estudio y conserva la documentación de entrega a gestor autorizado.
La separación en obra es obligatoria cuando se superan estos umbrales por fracción:
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Hormigón: 80 toneladas
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Ladrillos, tejas y cerámicos: 40 toneladas
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Metal: 2 toneladas
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Madera: 1 tonelada
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Vidrio: 1 tonelada
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Plástico: 0,5 toneladas
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Papel y cartón: 0,5 toneladas
En un derribo de tamaño medio casi todas las fracciones superan el umbral. Separar en obra sale además más barato que pagar el tratamiento de un residuo mezclado.
El archipiélago balear añade una condición propia. Los residuos no salen de la isla con facilidad, y el suelo disponible para vertedero es limitado. Eso convierte el machaqueo en obra y el árido reciclado en una solución práctica, no solamente ambiental: el hormigón triturado vuelve a usarse como base de firmes o relleno en la misma zona.
Una demolición bien planteada termina con la parcela limpia, los vecinos sin daños y la mayor parte del material de vuelta en circulación. El ruido de la máquina es la parte visible. El trabajo real está en todo lo demás.