Puerta del Sol y vivienda: un poco de cordura en medio de tanto follón
Bruno Perera (*)
España lleva tiempo metida en un enorme follón con la vivienda. En las calles se protesta contra los precios de los alquileres, contra los desahucios y contra la falta de viviendas asequibles. Y es comprensible que una persona que trabaja y, aun trabajando, no puede pagar un alquiler abusivo porque si lo hace debe dejar de comer, etcétera., sienta que algo no funciona.
Pero precisamente porque el problema es muy serio, creo que convendría introducir un poco de cordura y sentido común en el debate.
Un desahucio no siempre tiene la misma historia detrás. Hay personas que dejan de pagar porque sus ingresos no les permiten afrontar el alquiler, y hay situaciones en las que existe una verdadera vulnerabilidad económica. Pero también existen casos de personas que dejan de pagar deliberadamente y permanecen durante largos periodos en una vivienda. Y también existe la oKupación ilegal de viviendas por familias sin el consentimiento del propietario. Y otros, mafias que se dedican a reventar puertas para okupar y luego vender la okupación.
No deberíamos meter todos estos casos en el mismo saco.
Tampoco podemos olvidar una cosa elemental: una vivienda tiene un propietario. Puede ser una gran empresa, un pequeño empresario, un jubilado que tiene dos pisos, una familia que heredó una casa o una persona que compró una vivienda con los ahorros de toda su vida.
Si esa persona decide alquilarla, lo razonable es que pueda tener la seguridad de que recibirá el alquiler acordado y de que, si se produce un incumplimiento grave del contrato, podrá recuperar legalmente su propiedad en un plazo razonable como se hace en los EE.UU.
Porque si hacemos demasiado arriesgado alquilar una vivienda, puede ocurrir algo bastante sencillo: algunos propietarios dejarán de alquilarla.
Y una vivienda que no sale al mercado de alquiler es una vivienda menos disponible para quien está buscando casa.
Ahí está una de las grandes contradicciones del debate actual.
Queremos que haya más viviendas de alquiler, pero al mismo tiempo podemos crear unas condiciones que hagan que determinados propietarios tengan miedo de ponerlas en alquiler.
¿Y de dónde viene el problema?
No existe una única causa.
Tenemos una población que ha aumentado con la entrada de la inmigración y, por tanto, más personas que necesitan una vivienda. Tenemos una fuerte concentración de población en determinadas ciudades. Tenemos zonas turísticas donde existe una importante demanda internacional. Tenemos viviendas destinadas al alquiler turístico vacacional y temporal. Tenemos compradores extranjeros que adquieren viviendas, especialmente en determinadas zonas costeras y turísticas.
Y tenemos otro problema fundamental: no se construye vivienda social suficiente allí donde existe una gran demanda.
A todo ello hay que añadir una cuestión que afecta directamente al ciudadano: los salarios no han aumentado al mismo ritmo que el precio de la vivienda y del alquiler.
Ahí está probablemente el verdadero drama.
Una persona puede trabajar, pagar impuestos, tener una nómina y, sin embargo, encontrarse con que una parte enorme de sus ingresos desaparece cada mes pagando el alquiler.
Entonces aparece la pregunta inevitable:
¿De qué sirve tener empleo si el sueldo no permite acceder a una vivienda digna?
Pero la respuesta no puede consistir simplemente en trasladar todo el problema al propietario.
Viviendas turísticas, extranjeros e inmigración
También conviene hablar de estos asuntos sin tabúes y sin convertirlos en culpables universales.
Las viviendas turísticas pueden reducir la oferta residencial en determinados barrios y municipios cuando una vivienda que antes estaba disponible para residentes pasa al mercado turístico.
La compra de viviendas por extranjeros aumenta la demanda en aquellas zonas donde existe una elevada presencia de compradores internacionales.
Y el crecimiento de la población, incluida la población inmigrante, aumenta también la necesidad de viviendas.
Todo eso es economía básica: más personas buscando vivienda significa más demanda.
Pero decir que cualquiera de estos factores es por sí solo responsable de la crisis sería simplificar demasiado.
El problema aparece cuando la demanda aumenta y la oferta no consigue crecer al mismo ritmo. Y mientras los salarios permanecen congelados.
Proteger al inquilino y proteger al propietario
Creo que aquí debería estar el centro del debate.
Hay que proteger al ciudadano vulnerable que realmente no puede pagar.
Pero también hay que proteger al propietario que cumple la ley y alquila su vivienda.
Las dos cosas no son incompatibles.
Un sistema razonable debería permitir que una persona vulnerable pueda recibir ayuda pública, mientras el propietario tenga la garantía de que no tendrá que esperar indefinidamente para recuperar su vivienda cuando existe un incumplimiento.
Y aquí llegamos a las polémicas prórrogas de los contratos de alquiler.
Si un propietario sabe que un contrato que inicialmente era de dos años puede prolongarse otros dos años en determinadas circunstancias, puede considerar que ha perdido parte del control sobre cuándo podrá recuperar su vivienda.
Algunos propietarios pueden aceptar esa situación.
Otros pueden decidir no alquilar.
Y otros pueden vender.
Por eso, antes de aprobar cualquier norma, habría que preguntarse también:
¿Qué hará el propietario después de que se apruebe esta ley?
Porque las leyes no funcionan únicamente por lo que dicen en el papel. También producen comportamientos.
Y una cosa más: construir
Quizá sea la parte menos espectacular del debate, porque construir viviendas no produce titulares inmediatos.
Pero si faltan viviendas, hay que construir viviendas.
Más suelo disponible donde sea posible.
Más rapidez administrativa.
Más vivienda pública.
Más vivienda protegida.
Más colaboración entre administraciones y empresas.
Y más seguridad jurídica para quien construye y para quien alquila.
Si conseguimos aumentar considerablemente el número de viviendas disponibles, la presión sobre los precios puede reducirse.
Mientras haya mucha gente buscando vivienda y pocas viviendas disponibles, será difícil solucionar el problema solamente mediante decretos.
Ni todos los propietarios son especuladores ni todos los inquilinos son okupas
Esta frase debería escribirse en letras grandes.
Hay propietarios abusivos y hay propietarios perfectamente cumplidores.
Hay inquilinos que cumplen escrupulosamente sus obligaciones y hay personas que utilizan las dificultades del sistema para permanecer en viviendas que no les pertenecen o por las que han dejado de pagar.
Y hay personas verdaderamente vulnerables que necesitan ayuda.
Por eso no sirve demonizar a todo un colectivo.
El propietario no debe ser presentado automáticamente como el malo de la película, ni el inquilino como el culpable de todos los problemas.
La realidad es mucho más compleja.
Hace falta sentido común
El problema de la vivienda no se va a solucionar con consignas.
Tampoco con enfrentamientos entre propietarios e inquilinos.
Ni convirtiendo a los extranjeros, a los inmigrantes, a los propietarios, a los turistas o a los jóvenes en los culpables absolutos.
Hace falta aumentar la oferta, construir más vivienda, controlar los usos turísticos donde realmente estén expulsando al residente, mejorar los salarios, ayudar a quien realmente no puede pagar y garantizar al propietario que alquilar su vivienda no significa quedar indefenso durante años ante un incumplimiento.
Y, sobre todo, hace falta recordar algo que parece haberse olvidado:
la vivienda es un derecho, pero una vivienda también es una propiedad.
Una sociedad razonable tiene que ser capaz de proteger ambas cosas.
Porque si queremos que haya viviendas para alquilar, necesitamos que alguien esté dispuesto a ponerlas en alquiler.
Y si queremos que los trabajadores puedan vivir dignamente, necesitamos que sus salarios permitan pagar esas viviendas.
Quizá, en medio de todo este enorme follón, la solución empiece por dejar de buscar culpables absolutos y empezar a buscar equilibrios razonables.
Eso, al menos, sería un poco de cordura.
(*) Articulista. Experto en hidrocarburos.