Política con futuro
Pedro M. González Cánovas (*)
Cuando el proyecto de sociedad se basa en cálculos de beneficios económicos por encima del bienestar social de las personas, podemos asegurar que estamos ante un proyecto inhumano y que, tarde o temprano, demostrará su crueldad desmedida. Y no lo hará una vez: está comiéndose personas desde que existe.
No estamos hablando de ciencia ficción ni de fantasías paranoicas, sino de los proyectos que ya se han hecho públicos de sociedades dirigidas por Inteligencia Artificial. También de quienes usan esta tecnología para guiar sus operaciones militares en Oriente Medio. Gentes con menos corazón que las máquinas, que comparten intereses con muy pocos.
Se trata de un proyecto de sociedad puramente tecnocrática, guiada por intereses predefinidos y no de políticas flexibles, adaptadas a las necesidades reales de los ciudadanos.
En la sociedad capitalista los mayores no somos una inversión válida. Tener que «mantener» a jubilados es un coste para los dueños de la producción, un dinero que podría convertirse directamente en beneficios o liberación de cargas impositivas.
En la sociedad progresista, los mayores se han ganado su derecho al bienestar social y a la tranquilidad.
Hay una alarma política por el envejecimiento de la población y la inversión de la pirámide demográfica. Eso demuestra que sabemos que todos caminamos hacia la vejez, que los años van a hacernos más dependientes y vulnerables, convirtiéndonos en ese sector de población extremadamente frágil, para el que no es nada complicado hacer política favorable.
Las trabas burocráticas, las leyes de dependencia que no llegan o lo hacen demasiado tarde, las altas médicas apresuradas, la falta de espacios de convalecencia en centros médicos y hospitales cuando las recuperaciones se pueden alargar tanto, son las cosas necesarias que se echan en falta.
Hay mucho espacio político-social donde actuar. Mucho espacio y poca actuación ante una situación que parece que nos incumbe poco cuando somos jóvenes pero que, en el mejor de los casos, termina por llegar.
Hay que inyectar humanismo en la política y liberarla de la manipulación de los intereses capitalistas y los demonios liberales.
La política no se puede interpretar como una empresa ni quedarse en manos de máquinas adiestradas por gentes sin corazón. Porque si no, no hay futuro.
(*) Articulista