06 Sep 2026

El Gobierno marroquí es un vecino del que España no puede fiarse

Ventanas de Opinión

Bruno Perera (*)

Políticos/as españoles/as, dejen ya de mentir: menos farsa, más honestidad, menos toques de corazón proinmigración ilegal y menos interés en conseguir votos a costa de dividir a España en varias repúblicas.

España tiene con Marruecos una relación que debería ser de buena vecindad, cooperación y respeto mutuo. Sin embargo, la historia de las últimas décadas demuestra que esa relación ha estado marcada demasiadas veces por la presión religiosa, el conflicto territorial, la utilización de la emigración y una diplomacia basada en el hecho consumado que tristemente nos enfrenta sin razones verídicas.

No se trata de sentir algo negativo contra el pueblo marroquí. Se incurre en analizar las actuaciones de un Estado y de su gobierno. Una cosa es respetar a los ciudadanos marroquíes y otra muy distinta aceptar que un Gobierno extranjero utilice a sus propios ciudadanos como instrumento de presión emigratoria contra España. (Emigrantes como carne de cañón y sin piedad. Y a ello añade el Gobierno marroquí que son musulmanes creyentes del único Dios justo). ¡Qué pena¡

Una historia demasiado larga

La presencia bereber en la península ibérica comenzó cientos o miles de años antes de la invasión musulmana, y la  musulmana en la península Ibérica se inició  a partir del 710- 711, con la entrada de fuerzas árabes “omeyas” de Damasco y bereberes procedentes del norte de África. En pocas décadas, Al-Ándalus llegó a extenderse por una gran parte de la península hasta la frontera del río Ebro.

Pero no debemos confundir la historia de aquellos siglos con la del Marruecos actual. El territorio presente de Marruecos fue parte de la antigua Mauretania Tingitana con su rey Huba II hijo de Huba I que gobernó casi todo el norte de África unos 300 A.C., fue una provincia romana, y la historia del Magreb ha pasado por numerosas civilizaciones, dinastías y Estados diferentes. El Marruecos contemporáneo es otra realidad histórica y política de apenas unos 70 años de edad.

Precisamente por eso conviene mirar la historia sin simplificaciones.

Ceuta no apareció ayer en el mapa

Cuando desde Marruecos se reivindica Ceuta y Melilla como si fueran dos territorios recientemente separados de Marruecos, se está ignorando una parte fundamental de la historia.

Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415. En 1580, durante la unión de las coronas ibéricas, pasó a la Corona de Felipe II. Posteriormente, el Tratado de Lisboa de 1668 reconoció la soberanía portuguesa y, con ella, la continuidad de Ceuta bajo la Corona portuguesa hasta su incorporación definitiva a España.

Melilla pasó a estar bajo dominio de la Corona de Castilla el 17 de septiembre de 1497, cuando una expedición dirigida por Pedro de Estopiñán, por iniciativa del duque de Medina Sidonia y con el respaldo de los Reyes Católicos, tomó la ciudad.

Estamos hablando, por tanto, de varios siglos de presencia portuguesa y española, no de una ocupación reciente.

Y esto debería recordarse cada vez que determinados sectores políticos marroquíes vuelven a colocar sobre la mesa sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Y si le hacemos caso a Marruecos en sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, tendríamos que modificar todas la fronteras del mundo, por ejemplo los casos de: Turquía, Estados Unidos, Países hispanos americanos, Canadá, Australia, Nueva Zelandia y otros tantos.

La Marcha Verde: cuando la presión se convirtió en instrumento político

Uno de los episodios que mejor explica la política marroquí de presión sobre España fue la Marcha Verde de 1975.

Centenas de miles de civiles fueron movilizados por el Gobierno marroquí hacia el entonces Sáhara español, que había sido territorio español desde 1884. En una operación política que ejerció una enorme presión sobre España en un momento de extraordinaria debilidad política, porque estaba en movimiento la transición española. (Y parece ser que esta iniciativa fue orquestada por algunos políticos estadounidenses, olvidando que, por la misma regla, México podría y puede hacer lo que Marruecos ha venido haciendo: que sería, en el caso de México, reclamar con una marcha de millones de gente la antigua Nueva España, que fue robada a México por los gringos).

A hilo con lo mismo. Desde entonces, España ha visto repetirse, con diferentes características, situaciones en las que la cuestión migratoria aparece vinculada a las relaciones con Marruecos.

Y aquí está una de las cuestiones que más debería preocuparnos: cuando la emigración deja de ser simplemente un fenómeno social y se convierte en una herramienta de presión internacional, Europa tiene un problema.

La inmigración no puede convertirse para ningún país africano en un arma diplomática

España ha recibido durante 3 décadas a cientos de miles de ciudadanos marroquíes y subsaharianos.

Muchos llegaron legalmente, trabajan, cotizan, han formado familias y forman parte de la sociedad española. Eso debe reconocerse sin ningún problema.

Pero también existe otra realidad: miles de personas han intentado llegar ilegalmente a España desde países subsaharianos y desde Marruecos, por tierra vía aérea y por mar, poniendo incluso en peligro sus propias vidas por mar.

Y cuando esto ocurre, ¿Quién termina haciéndose cargo de esas personas?

España.

La asistencia sanitaria, los servicios sociales, los centros de acogida, la protección de los menores no acompañados “MENAs” y buena parte de los costes derivados de la inmigración ilegal recaen sobre España y, en determinados ámbitos, sobre la Unión Europea.

Por eso resulta legítimo preguntarse si Marruecos está haciendo todo lo que podría hacer para evitar que sus ciudadanos arriesguen la vida intentando llegar a territorio europeo.

Y llegamos a Ceuta

Lo sucedido en Ceuta en  los últimos dos tres  días de julio 2026 ha llevado esta cuestión a un nivel diferente.

Una entrada masiva de cerca de  80.000 personas hacia territorio español puso de manifiesto, una vez más, la enorme vulnerabilidad de una frontera europea situada a pocos metros de otro Estado.

Ceuta no dispone de un territorio ilimitado ni de recursos infinitos. Ceuta posee 18,5 hectáreas de territorio y una población de unos 85.000 ciudadanos. Cuando miles de personas, unos 80.000 llegan simultáneamente, la presión sobre los servicios públicos, la seguridad y la capacidad de acogida resulta extraordinaria e imposible de asumir.

Al mismo tiempo, se han producido acusaciones y controversias sobre la actuación de las autoridades marroquíes durante los episodios de presión fronteriza.

Conviene ser rigurosos: denunciar la pasividad o permisividad que hubo en la invasión de Ceuta no solo con ello se acusa al Gobierno marroquí como promotor, también se le señala de invasor chantajista, que es lo que es.

Incluso dejando esa cuestión abierta, queda una pregunta fundamental:

¿Cómo pudo producirse una presión migratoria de semejante magnitud sobre una frontera española y europea si las autoridades del otro lado no ejercieron un control eficaz sobre su propio territorio?

España no puede vivir permanentemente bajo presión

Lo que resulta preocupante no es solamente un episodio concreto.

Es el precedente.

Si un país sabe que puede producirse una enorme presión migratoria sobre una frontera europea cuando disminuye el control de sus propios accesos, estamos ante un problema de seguridad que afecta no solamente a España, sino a toda la Unión Europea.

Ceuta no es una ciudad cualquiera.

Es territorio español y frontera exterior de la Unión Europea.

Cuando la frontera de Ceuta se desborda, no solamente se pone a prueba la capacidad de España: se pone a prueba la capacidad de Europa para defender sus propias fronteras.

¿Dónde está la reciprocidad?

Aquí aparece otra cuestión incómoda.

Marruecos exige respeto, cooperación económica, apoyo europeo y reconocimiento internacional de sus intereses.

España, por su parte, ha mantenido durante décadas relaciones económicas, comerciales y diplomáticas con Marruecos y ha colaborado en materia de seguridad y control migratorio.

Pero una relación entre dos países solamente puede funcionar cuando existe reciprocidad.

No puede ser que España ayude, acoja, atienda y financie buena parte de las consecuencias sociales de la inmigración mientras, al mismo tiempo, determinados sectores políticos marroquíes mantienen reivindicaciones sobre territorios españoles.

No puede ser que cada crisis diplomática termine teniendo como escenario nuestras fronteras.

Y no puede ser que la inmigración se convierta en moneda de cambio.

¿Qué ayuda económica aporta Marruecos?

Hay una pregunta que el Gobierno marroquí debería responder con claridad:

¿Cuánto dinero ha destinado Marruecos a España para ayudar a atender a los ciudadanos marroquíes que han abandonado su país y han llegado a España en situación de necesidad?

España lleva décadas soportando importantes costes derivados de la llegada de ciudadanos procedentes de Marruecos: acogida, asistencia sanitaria, servicios sociales, protección de menores no acompañados y atención humanitaria.

España lo hace porque es un Estado democrático y porque considera que una persona que llega en situación de necesidad debe ser atendida con dignidad.

Pero la solidaridad no puede tener una sola dirección.

Marruecos no debería desentenderse de las consecuencias que tiene para España la salida de sus propios ciudadanos cuando llegan sin recursos y necesitan asistencia.

Y aquí no estamos hablando de exigir que España deje de ayudar. Todo lo contrario.

España debe seguir ayudando al ser humano que llega desesperado.

Pero una cosa es ayudar a una persona y otra muy distinta permitir que el Estado de procedencia se desentienda de cualquier responsabilidad.

Si Marruecos considera que sus ciudadanos forman parte de su nación cuando viven en el extranjero, también debería asumir alguna responsabilidad cuando esos ciudadanos llegan a España sin recursos y necesitan ser atendidos.

La pregunta, por tanto, sigue siendo legítima:

¿Dónde está la ayuda económica directa de Marruecos a España para hacer frente a la atención de los ciudadanos marroquíes que han salido de Marruecos y han terminado necesitándola?

España no debería convertirse indefinidamente en el país que recibe, alimenta, aloja, atiende y protege a quienes abandonan Marruecos, mientras Rabat se limita a contemplar el problema desde el otro lado de la frontera y a poner la mano para recibir ayudas económicas anualmente de unos 600 millones de euros que España y la UE., donan a Marruecos para controlar la inmigración ilegal que Marruecos utiliza como carne de cañón cuando le da la gana y cuando le interesa.

Marruecos necesita a España tanto como España necesita estabilidad en Marruecos

Hay otra realidad que tampoco debemos olvidar.

España no tiene ningún interés en que Marruecos sea un país pobre, inestable o enfrentado permanentemente con sus vecinos.

Al contrario.

A España le interesa un Marruecos próspero, estable y capaz de ofrecer oportunidades a sus ciudadanos.

Porque cuando un país ofrece futuro a su población, disminuye la necesidad de emigrar.

Por eso la mejor política española hacia Marruecos no debería ser la hostilidad, sino una combinación de cooperación y firmeza.

Cooperación económica cuando sea beneficiosa para ambas partes.

Cooperación policial contra las mafias.

Cooperación en materia de seguridad.

Pero también líneas rojas perfectamente definidas.

Ni chantaje ni amenazas

España debe dejar claro que la cooperación no significa renunciar a sus intereses nacionales.

Ceuta es España.

Melilla es España.

Canarias es España.

Y las fronteras españolas son fronteras europeas.

La defensa de estas realidades no significa despreciar a Marruecos ni a los marroquíes. Significa simplemente defender la soberanía territorial de España y exigir que cualquier diferencia se resuelva mediante la diplomacia y el derecho, no mediante presiones migratorias.

El pueblo marroquí no es el enemigo

Conviene repetirlo porque es fundamental.

El problema no son los marroquíes que viven honestamente en España o en Marruecos.

El problema tampoco es el ciudadano marroquí que busca una vida mejor.

El problema aparece cuando el Gobierno marroquí utiliza la religión y la desesperación de personas pobres como instrumento de presión política para obtener ganancias económicas que luego se reparten entre la elite marroquí.

Un joven que se lanza al mar buscando un futuro no debería ser considerado un arma. Pero para el Gobierno marroquí es un arma político y económico.

Es una persona.

Y precisamente por eso ningún Gobierno debería utilizar su desesperación para conseguir objetivos políticos.

España debe aprender de la historia

La historia enseña que las relaciones internacionales no pueden basarse únicamente en buenas intenciones.

España debe cooperar con Marruecos, pero también debe estar preparada para defenderse de cualquier presión.

Ni provocaciones ni guerras.

Pero tampoco ingenuidad.

Porque ser buen vecino no significa aceptar cualquier cosa.

Ayudar a quien lo necesita no significa permitir que la desesperación humana sea utilizada como instrumento de presión.

Y llegamos así a la cuestión fundamental.

Si reclamas honestidad, debes responder con honestidad

Marruecos reclama constantemente cooperación, solidaridad, respeto y honestidad a España y a Europa.

Pues bien:

Si reclamas honestidad, también debes responder con honestidad.

Si reclamas solidaridad, también debes ofrecer solidaridad.

Y si reclamas cooperación, también debes cooperar cuando llega la hora de asumir responsabilidades.

No es razonable que España cargue con una parte tan importante de las consecuencias sociales y económicas de la emigración procedente de Marruecos mientras el Gobierno marroquí reclama permanentemente nuevos compromisos y ayudas de España y de Europa.

La solidaridad no puede ser una calle de sentido único.

La verdadera amistad entre países no consiste en exigir siempre al vecino y agradecerle poco.

La verdadera cooperación consiste en dar y recibir, ayudar y ser ayudado, exigir y cumplir, reclamar derechos y asumir obligaciones.

Marruecos es un país vecino con el que España debe mantener relaciones de cooperación. Pero una cooperación auténtica solamente puede existir cuando existe reciprocidad y sinceridad.

Y por eso la conclusión es sencilla:

Si Marruecos reclama honestidad a España, debe pagar con la misma moneda: honestidad.

Si reclama solidaridad, debe ofrecer solidaridad.

Y si exige que España asuma responsabilidades, también debe asumir las suyas.

Porque entre vecinos puede haber diferencias, pero lo que no puede existir es una relación en la que uno exige y el otro siempre paga la hambruna que el Gobierno marroquí no ha sabido gestionar. Y que no es culpa de España sino de los políticos y empresarios marroquíes.

Nota: En el 2021 España tuvo que tragarse a más de 2.000 MENAs y a varios miles de adultos basándose en las leyes de Naciones Unidas. Y esta vez en Ceuta  ocurre lo mismo porque Marruecos no dejará de chantajear a España. Por ello la solución es que España abandone los tratados internacionales para poder expulsar del territorio español a adultos y  MENAs que hayan entrado ilegalmente, sin que importe de qué nación procedan.

Y a continuación me pueden llamar racista porque defiendo mis intereses y los de toda España. A mí la inmigración no me da nada, más bien me quita porque tengo que compartir todos mis privilegios con ellos a cambio de más saturación en todo.

(*) Articulista. Experto en hidrocarburos.

PUBLICIDAD