La presentación del libro del periodista Félix Rojas sobre Mohamed Jamil Derbah ‘llena’ el Auditorio Infanta Leonor

La obra refleja lo que nunca se ha escrito sobre la guerra del ‘time-sharing’

EDDC.NET / Arona

Impresionaban sin duda. 700 asientos vacíos. El temido sonsonete de todos a los que se les comentaba que se iba a presentar un libro en el magnífico Auditorio Infanta Leonor en Los Cristianos, un espacio, por otro lado, espectacular. Al respecto, un periodista veterano de estos Sures afirmaba que una vez vino Vargas Llosa y llegaron a cien personas de milagro. En fin.

Con esta losa encima comenzaron los preparativos para la presentación del libro del periodista Félix Rojas sobre el empresario, mejor, emprendedor, Mohamed Jamil Derbah. Un mes antes se estaban ya perfilando todos los detalles. Un mes, suficiente, pero siempre con nervios, siempre con el miedo al fracaso, a que no se llenara el Auditorio, que se eligió por su imponente presencia, por su grandiosidad.

No era para menos. Escribir sobre Mohamed Jamil Derbah era también un reto, un salto en un vacío del que no se podía adivinar si había red o no. Tirarse para ser rebotado por la misma o quedar aplastado contra el duro suelo. Pero había que hacerlo. Era justo y necesario como dicen los francmasones, porque en este asunto había mucho de tenidas, de hermandades, de ayudas, de silencios, de signos, de todo eso de lo que se enorgullece la masonería. Alguien apunta la foto de Mohamed en El País como masón. Impresionaba, pero las intenciones de ese diario no eran ni buenas ni favorables. Un mafioso y además masón. Contra eso había que luchar.

Y el equipo que rodeó esta presentación se lanzó manos a la obra. Primer efecto: una valla publicitaria en la rotonda de Los Cristianos. Luego casi mil invitaciones, repartidas por toda la isla. El diseño del acto en sí mismo, con precisión, cuidando todos los detalles.

Una empresa y un tesón, claves en esta acometida. Tecno Intra y Cristo y su gente. Un trabajo magnífico. En todo, en lo decorativo y en lo que no era decorativo. Se cuidó todo al detalle. Pero lo que más apuntalaba todo el proyecto era la fe de Mohamed en el libro, en su autor y sobre todo arriesgarse en esta presentación.

Viernes 12 de mayo. Los nervios a flor de piel. Persona indispensable ese día. José Ramón. Un profesional, un tío entregado y eficaz. Todo estaba a punto a la hora predicha. Dos azafatas increíbles, ambas de Arico: María José y Ari. Y todos los que trabajan junto a Mohamed: Med, Said, Yoshua, Bruno, que estuvieron ahí como campeones. Los nombrados y los que no, todos por igual, por si acaso. Pero al lado del ‘boss’ una persona muy importante, Tano, argentino, amigo, hermano, todo lo que significa lealtad para él.

La gente comienza a llegar. Empresarios, políticos, periodistas, personas de varias nacionalidades, de todo tipo y de toda condición. Hasta el presidente del Marino, Paco Santamaría. Y tantos y tantos otros.

En el escenario, Eduardo García Rojas y Félix Rojas. Y en primera fila, Mohamed Derbah. Comienza el acto, emotivo, con grandes palabras que ponen en el cielo del Auditorio el reflejo de una gesta que llenó el Sur de Tenerife de hechos, acontecimientos, noticias, sucesos, todo lo que uno se puede imaginar.

El autor, desbordado y emocionado, se olvida, de manera imperdonable, de dos de los hijos de Mohamed, Maher y Yasmina. Ahí están y siempre estarán a su lado. Al igual que de lo más grande de su propia vida, su madre, Elsa Rojas, sin ella no hubiese sido posible este proyecto literario y su hermano, su compañero, su cómplice, David Rojas y como no, la hermana, Ingrid Rojas.

Ausencias que reclamamos en esta crónica, tras ese intenso discurso, donde se dejó claro lo que significó, significa y puede significar Mohamed Jamil Derbah. Frente a él, más de 400 personas, todo un éxito, todo un record. Todavía no se lo cree uno, pero allí está. Impactante, espectacular.

El final lógico. Venta y firma de libros, gente que va y viene. Atrás el esfuerzo de los trabajadores adscritos al Auditorio con Horacio al frente. Enormes profesionales. Un centro de flores mira desde la mesa de los oradores a todo el mundo que se movía de un lado a otro de esa enorme sala. La vida sigue, pero con una ventaja, esto no se marchitará jamás.